Mujer en pasillo
Araba, 3 de mayo de 2026. La consideración del sexo en la investigación biomédica sigue siendo una cuestión determinante para el diagnóstico, el pronóstico y los tratamientos, después de décadas en las que buena parte del conocimiento médico se construyó sobre un modelo biológico masculino.
La revisión de ese sesgo afecta tanto a los ensayos clínicos como a la investigación básica, a la agenda de financiación y a la composición de los puestos de decisión. También alcanza a enfermedades y procesos fisiológicos de las mujeres que durante años recibieron menos atención terapéutica y científica.
Décadas de investigación apoyada en un modelo masculino
Durante gran parte del siglo XX, el conocimiento médico se desarrolló a partir de un modelo biológico masculino. Ese enfoque dio lugar a un conocimiento parcial en medicina y condicionó la manera en que se formularon preguntas de investigación, se interpretaron resultados y se trasladaron conclusiones a la práctica clínica.
El sexo influye en los resultados de los estudios y su ausencia puede derivar en conclusiones erróneas. Esa omisión también puede traducirse en tratamientos inadecuados para los pacientes, porque las diferencias biológicas entre mujeres y hombres afectan al diagnóstico, al pronóstico y a las estrategias terapéuticas.
Las diferencias corporales señaladas en la literatura incluida en las fuentes son concretas. Las mujeres presentan, en promedio, un menor tamaño cardíaco y un menor diámetro de las arterias coronarias, y ese tipo de variaciones biológicas tiene efectos en la atención médica. Los fármacos, de hecho, pueden actuar de manera distinta en mujeres y hombres, con consecuencias sobre su eficacia y su toxicidad.
La investigación biomédica básica arrastró también una práctica de exclusión. Durante años utilizó exclusivamente animales macho con el argumento de reducir la variabilidad, una decisión que limitó el alcance del conocimiento obtenido y prolongó la falta de información específica sobre la biología femenina.
La huella de la talidomida y la exclusión en ensayos
La tragedia de la talidomida en la década de 1950 expuso fallos graves en la evaluación de la seguridad de los medicamentos. Ese fármaco se administró a mujeres embarazadas sin estudios suficientes sobre sus efectos en el feto y provocó miles de malformaciones.
A partir de ese precedente, en 1977 la FDA recomendó excluir a las mujeres en edad fértil de las fases iniciales de los ensayos clínicos. La medida respondió al temor a nuevos daños, pero la exclusión sistemática posterior condicionó el conocimiento científico acumulado sobre los medicamentos y redujo la evidencia disponible sobre cómo actúan en las mujeres.
Esa trayectoria histórica explica parte del desequilibrio actual. La infrarrepresentación de las mujeres en la investigación biomédica sigue siendo una limitación persistente, y no solo afecta a quién participa en los estudios, sino también a qué preguntas se consideran prioritarias y qué patologías reciben recursos.
Menopausia, posparto y enfermedades menos atendidas
El sesgo histórico hacia las mujeres ha influido en la agenda de investigación y en la financiación de enfermedades. Las patologías que afectan a las mujeres han recibido menos atención y menos financiación que las de los hombres, y algunas, como la depresión posparto o la fibromialgia, fueron subestimadas en su componente fisiológico.
La depresión posparto aparece en las fuentes como un problema frecuente y con posibles consecuencias graves para la salud materna y para el desarrollo del recién nacido. En ese campo, la zuranolona figura como el primer tratamiento basado en el mecanismo de la depresión posparto.
Los síntomas asociados a la menopausia también han sido minimizados durante años como una “parte natural de la vida”. Esa naturalización de los procesos fisiológicos femeninos limitó el interés por desarrollar nuevas terapias y contribuyó a que el ritmo de desarrollo de tratamientos para la menopausia fuera significativamente más lento que el de tratamientos para la disfunción eréctil.
Entre las novedades citadas por las fuentes figura el fezolinetant, descrito como el primer tratamiento específico aprobado para los sofocos asociados a la menopausia y la perimenopausia. Su aparición se sitúa en un escenario en el que la falta de atención previa había dejado sin respuesta farmacológica específica a síntomas ampliamente extendidos.
Liderazgo, decisión y enfoque One Health
La distribución del poder en la investigación también forma parte del problema. Aunque las mujeres representan alrededor del 70% del estudiantado en ciencias de la salud en muchos países, menos de un tercio de los cargos de mayor responsabilidad en investigación están ocupados por mujeres.
Ese desfase se relaciona con el llamado “leaky pipeline”, utilizado para describir obstáculos estructurales que condicionan las trayectorias profesionales de las mujeres. La predominancia masculina en los puestos de decisión influye en las preguntas que se formulan en la investigación y, por extensión, en los campos que avanzan antes y en los que permanecen relegados.
Las fuentes sostienen que promover el liderazgo femenino es necesario para incorporar el sexo como variable en la investigación biomédica. También sitúan este debate en el enfoque One Health, que integra las interacciones entre la salud humana, animal y ambiental, y advierten de que, si no se corrige la infrarrepresentación de las mujeres, ese enfoque puede acercarse a una “Half a Health”, una salud que deja fuera a la mitad de la población.
En el mismo conjunto de materiales aparece una referencia a Francisco Letamendia ‘Ortzi’, docente de la EHU hasta 2017. La noticia de su fallecimiento ha generado un profundo pesar en la comunidad académica.
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Referencias:
www.ehu.eus
Imagen:
www.ehu.eus


