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En la Llanada Alavesa, cooperativas como Udapa y Garlan invierten en transformación de productos y recuperación de variedades locales para enfrentar la industrialización agraria, mientras la edad media de los agricultores supera los 57 años y nuevas presiones especulativas por la transición energética amenazan el suelo cultivable.

En la Llanada Alavesa, la agricultura se debate entre dos modelos irreconciliables. De un lado, la industrialización y la especulación de tierras; del otro, cooperativas y familias que defienden cultivos tradicionales y métodos de producción vinculados al territorio. Esta tensión define el presente y el futuro de la huerta alavesa, donde innovación y resistencia conviven en un escenario cada vez más complejo.

La crisis demográfica del sector agrario alavés es evidente en los números. La edad media del titular de explotación alcanza los 57 años, mientras que apenas el 12% de los agricultores tiene menos de 40 años. Entre los tractoristas, la edad media supera los 57 años, lo que refleja la dificultad para atraer a nuevas generaciones a una actividad que requiere inversiones significativas y ofrece márgenes comerciales reducidos.

La brecha entre lo que recibe el productor y lo que paga el consumidor ilustra las distorsiones del mercado agrario. Un agricultor tradicional percibe apenas 0,27 euros por un kilogramo de patatas, mientras que el consumidor final paga 1,97 euros por el mismo producto. Esta diferencia de más de siete veces revela la concentración de valor en las fases de transformación y distribución, no en la producción primaria.

Cooperativas como respuesta a la especulación

Udapa y Garlan representan estrategias diferentes pero complementarias para enfrentar esta realidad. Udapa ha invertido más de 12 millones de euros para procesar la patata alavesa en quinta gama, transformando un producto básico en un bien de mayor valor añadido. Además, la cooperativa lidera una inversión de 20 millones de euros destinada a recuperar la patata de siembra en el territorio, apostando por variedades locales frente a semillas industriales estandarizadas.

Garlan S.Coop facturó 106 millones de euros en la última campaña, demostrando que el modelo cooperativo puede generar volúmenes económicos significativos. La organización ha logrado recuperar variedades casi perdidas como la Alubia Pinta Alavesa o el Garbanzo de Álava, reintroduciendo en el mercado productos que habían desaparecido del cultivo comercial.

Los productores alaveses apuestan por el suelo y el Slow Food en la producción del Pimiento de Añana, diferenciándose de los cultivos industriales. La agricultura de Añana depende del clima, a diferencia de los sistemas intensivos que generan controversia por su consumo energético. Este enfoque territorial vincula la calidad del producto a condiciones ambientales específicas, creando una barrera natural contra la competencia de productos genéricos.

La presión de la transición energética

Un nuevo factor ha intensificado la presión sobre el suelo agrícola alavés. La transición energética ha puesto el suelo agrario en el punto de mira de grandes fondos de inversión, que ven en las tierras de cultivo un espacio potencial para instalar infraestructuras de energías renovables. Esta competencia por el uso del suelo añade una dimensión especulativa que va más allá de la agricultura industrial tradicional.

Los costes de producción agraria son prohibitivos para muchos pequeños productores. Cultivar una hectárea de remolacha cuesta más de 3.700 euros, una inversión que solo es viable con volúmenes de producción significativos o con acceso a financiación. Este factor económico actúa como barrera de entrada para nuevos agricultores y presiona a los existentes hacia modelos de mayor escala.

La huerta alavesa se ha convertido en un campo de batalla empresarial y social donde convergen intereses contradictorios. Las cooperativas luchan por mantener modelos de producción vinculados al territorio y a comunidades locales, mientras que fondos de inversión y empresas agroindustriales buscan consolidar sistemas de mayor escala y rentabilidad financiera. El relevo generacional, la especulación de tierras y la transición energética configuran un escenario donde la supervivencia de la agricultura tradicional no está garantizada.

La pregunta que subyace en este conflicto es fundamental: qué tipo de agricultura y qué modelo de ocupación del territorio prevalecerá en Álava en los próximos años. Las inversiones de las cooperativas en transformación de productos y recuperación de variedades locales representan una apuesta por la diferenciación y la calidad. Sin embargo, estas iniciativas compiten en un contexto donde los costes de producción son elevados, el relevo generacional es débil y la presión especulativa sobre el suelo es creciente.

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